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9 Efectos que produce la Palabra de Dios




1. La Palabra de Dios produce Fe.


El primer efecto que produce la Palabra de Dios es la fe. Ro. 10:17. Hay tres etapas sucesivas en el proceso espiritual descrito aquí: a) la Palabra de Dios,b) el oír, c) la fe.

Es importante ver que el escuchar la Palabra de Dios inicia un proceso en el alma a partir del cual se desarrolla la fe y que este proceso requiere un período de tiempo. Esto explica por qué se encuentra tan poca fe en los cristianos: porque nunca dedican suficiente tiempo a escuchar la Palabra de Dios para permitir que ésta produzca en ellos una porción de fe sustancial.


La fe bíblica no consiste en creer cualquier cosa que nosotros mismos podamos desear o imaginar o nos parezca. La fe bíblica puede definirse como creer que Dios cumplirá todo lo que Él ha prometido en su Palabra. 1° Cr.17:23. Lc. 1:38. La fe bíblica está expresada en el dicho: haz según has hablado, es decir, conforme a tu palabra. La fe bíblica se forma dentro del alma escuchando la Palabra de Dios, y se expresa por la reacción dinámica de

reclamar el cumplimiento de lo que Dios ha dicho.


La fe es básica para cualquier transacción positiva entre Dios y el alma humana. He. 11:6


2. El nuevo nacimiento.


Después de la fe, el siguiente gran efecto producido por la Palabra de Dios dentro del alma es la experiencia espiritual que en la Escritura se llama “el nuevo nacimiento” o nacer de nuevo. Por eso Santiago dice con respecto a Dios que el Señor de su voluntad nos hizo nacer por la Palabra de verdad. Stg. 1:18.


El cristiano que ha vuelto a nacer, posee un nuevo género de vida espiritual,engendrada dentro de él por la Palabra de Dios, recibida por fe en su alma. De la misma forma, el apóstol Pedro describe a los cristianos como siendo nacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. I P. 1:23.


Es un principio, de la Naturaleza y de la Escritura, que el tipo de semilla determina el tipo de vida que nacerá de ésta. Una semilla de maíz produce maíz; una semilla de naranja produce naranjas. Así mismo es en el nuevo nacimiento. La simiente es la divina, incorruptible y eterna Palabra de Dios.


La vida que produce, cuando se recibe por fe en el corazón del creyente, es como la simiente: divina, incorruptible y eterna.

Es, en realidad, la misma vida de Dios que viene al alma humana a través de su Palabra. I Jn. 3:9. Aquí Juan relaciona directamente la vida victoriosa del cristiano vencedor con la naturaleza de la semilla que produce esa vida dentro de él: la propia simiente de Dios; la incorruptible simiente de la Palabra de Dios. Como la simiente es incorruptible, la vida que produce es también

incorruptible; es absolutamente pura y santa.


3. Crecimiento espiritual.


En cada ámbito de la vida hay una ley inmutable: tan pronto nace una nueva vida, la primera y mayor necesidad de esa vida es el alimento apropiado para sostenerla. Lo mismo sucede en el ámbito espiritual. Cuando una persona nace de nuevo, la nueva naturaleza espiritual surgida dentro de esa persona necesita inmediatamente alimento espiritual para mantener la vida y poder crecer. El alimento espiritual que Dios ha proporcionado para todos sus hijos

nacidos de nuevo se encuentra en su Palabra. La Palabra de Dios es tan rica y variada que contiene alimento adaptado para cada etapa del desarrollo espiritual.


La provisión de Dios en las primeras etapas del crecimiento espiritual se describe en la primera epístola de Pedro. Inmediatamente después de hablar en el capítulo uno acerca del nuevo nacimiento, prosigue en el capítulo dos diciendo: desead como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación. I P. 2:1,2.


Para los niños espirituales en Cristo, recién nacidos, el alimento por Dios es la leche no adulterada de su propia Palabra. Esta leche es una condición necesaria para la continuación de la vida y el crecimiento. La voluntad de Dios no es que los cristianos permanezcan en la infancia espiritual demasiado tiempo. Cuando empiezan a crecer, la Palabra de Dios les ofrece un alimento más sustancioso. Mt. 4:4. Cristo indica aquí que la Palabra de Dios es la contraparte espiritual del pan en la dieta natural del

hombre.


Más allá de la leche y el pan, la Palabra de Dios también proporciona alimento sólido. El escritor de Hebreos, reprendió a los creyentes hebreos de su época porque habían conocido las Escrituras durante mucho tiempo, pero jamás habían aprendido a estudiarlas adecuadamente o aplicar sus enseñanzas. Por consiguiente, todavía eran espiritualmente inmaduros e

incapaces de ayudar a otros que necesitaban auxilio espiritual. He. 5:12-14.


Después de tantos años todavía son bebés espirituales, incapaces de digerir algún alimento sólido. No obstante, el apóstol nos dice cuál es el remedio: ejercitar los sentidos por el uso. El estudio sistemático y regular de toda la Palabra de Dios desarrollará y madurará nuestras facultades espirituales.


4. Sanidad física y del alma.


La obra de la Palabra es tan variada y maravillosa que proporciona no solamente salud y fuerza espiritual para el alma, sino también salud y fortaleza física para el cuerpo.

En el Salmo 107:17-20, el salmista nos ofrece la descripción de hombres tan desesperadamente enfermos que han perdido todo apetito por los alimentos y yacen a las puertas de la muerte. En su situación extrema claman al Señor y Él les envía lo que piden: sanidad y liberación. En Isaías 55:11 dice que su Palabra hará lo que Él quiere y será prosperada en aquello para lo que la envió. De esta manera Dios garantiza absolutamente que Él proveerá la sanidad mediante su Palabra.


Esta verdad de sanidad física a través de la Palabra de Dios se declara aun más completamente en Proverbios 4:20-22, podemos llamar a estos tres versículos el gran “frasco de medicina” de Dios. Contienen una medicina, jamás preparada en la tierra; una medicina que está garantizada para curar todas las enfermedades.

Sin embargo, cuando un médico receta una medicina, normalmente se

asegura de que en la etiqueta estén claras las instrucciones para tomarla. Esto implica que no puede esperarse una curación a menos que la medicina se tome regularmente, de acuerdo con las instrucciones. Lo mismo sucede con la “medicina” de Dios en Proverbios. Las instrucciones están “en la etiqueta” y

no puede garantizarse la curación si no se sigue el método prescrito.


¿Cuáles son esas instrucciones? Se especifican cuatro:

a. Está atento a mis palabras.

b. Inclina tu oído.

c. No se aparten de tus ojos.

d. Guárdalas en medio de tu corazón.


Analicemos estas instrucciones un poco más de cerca. La primera es: Está atento a mis palabras. Cuando leemos la Palabra de Dios, necesitamos prestarle atención detenida y cuidadosa. Debemos concentrar nuestro entendimiento en ella. Es preciso que le demos acceso libre a todo nuestro ser interior. Con frecuencia leemos la Palabra de Dios sin prestarle toda nuestraa tención. La mitad de nuestra mente está concentrada en lo que leemos; la otra mitad está ocupada con lo que Cristo llamó “los cuidados de la vida”.

Leemos algunos versículos o quizás incluso un capítulo o dos, pero al final no tenemos una idea clara de lo que hemos leído. Nuestra mente divagaba.


Recibida de esta forma, la Palabra de Dios no producirá los efectos que Dios quiere. Cuando leamos la Biblia es preciso hacer lo que Jesús recomendó cuando habló de la oración: que nos retiremos a nuestro rincón privado y cerremos la puerta. Debemos encerrarnos con Dios y dejar afuera las cosas del mundo.


La segunda instrucción en el frasco de medicina de Dios es: inclina tu oído. El oído inclinado indica humildad. Es lo contrario de ser orgulloso y altanero. Tenemos que ser dóciles a la enseñanza. Debemos estar dispuestos a permitir que Dios nos enseñe. En el Salmo 78:41 el salmista habla de la conducta de los israelitas mientras vagaban por el desierto entre Egipto y Canaán, y les

acusa de que limitaron al Santo de Israel. Por su testarudez e incredulidad pusieron límites a lo que permitirían que Dios hiciera por ellos. Hoy, muchos que profesan ser cristianos hacen lo mismo. No se acercan a la Biblia con una mente abierta o un espíritu dócil. Están llenos de prejuicios o ideas preconcebidas- a menudo inculcadas por la secta o denominación en particular a la que pertenecen- y no están dispuestos a aceptar ninguna enseñanza o revelación de las Escrituras que vaya más allá, o contradiga, sus propias creencias fijas. Jesús acusó a los líderes religiosos

de su tiempo con esta falta en Mateo 15:6,9. En Mateo 15:26, Cristo habló que la sanidad era el pan de los hijos, dicho de otro modo, es parte de la porción diaria que Dios ha destinado para todos sus

hijos. No es un lujo por el que deberán hacer ruegos especiales y que pudiera o no serles concedido. No, es su pan, parte de la provisión diaria asignada por su Padre celestial.

El apóstol Pablo había sido un prisionero de las tradiciones y los prejuicios religiosos, pero, mediante la revelación de Cristo en el camino de Damasco quedó libre de ellos. A partir de entonces en Romanos 3:4 dice: antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso. Si queremos recibir todo el beneficio de la Palabra de Dios, tenemos que aprender a tomar la misma actitud.


La tercera instrucción en el frasco de medicina de Dios es: no se aparten de tus ojos, donde el sujeto implícito son los dichos y las palabras de Dios. El evangelista Wigglesworth dijo una vez: “el problema con muchos cristianos es que tienen estrabismo espiritual: con un ojo miran las promesas del Señor, y con el otro, miran en otra dirección” A fin de recibir los beneficios de la sanidad física prometida en la Palabra de Dios, es necesario mantener ambos ojos fijos sin desviarlos de las promesas del Señor.

El error que comenten muchos cristianos es apartar los ojos de las promesas de Dios y mirar al caso de otros cristianos que no han logrado recibir la sanidad. Cuando hacen eso, su propia fe vacila, y ellos, a su vez, no reciben la sanidad. Stg. 1:6-8. En semejante simulación es útil recordar Deuteronomio 29:29.

La razón por la que algunos cristianos no reciben sanidad sigue siendo un secreto, que únicamente Dios conoce y no lo ha revelado al hombre. No tenemos que preocuparnos de secretos como éste. Más bien necesitamos preocuparnos de las cosas que han sido reveladas: las declaraciones y promesas claras en la Palabra de Dios nos pertenecen, ellas son nuestra herencia como creyentes; son nuestro derecho inalienable.


La cuarta instrucción es el frasco de medicina de Dios se refiere al corazón, el centro íntimo de la personalidad humana, porque habla de “guardarlas en medio de tu corazón”. Pr. 4:23. En otras palabras, lo que está en nuestro corazón controla el curso completo de nuestra vida y todo lo que experimentamos.

Si recibimos la Palabra de Dios con atención cuidadosa- si les damos entrada regularmente, tanto a través de los oídos como de los ojos, para que ocupen y controlen nuestro corazón- entonces descubrimos que son exactamente lo que Dios ha prometido: vida para nuestra alma y salud para nuestro cuerpo. “Envió su Palabra y los sanó, y los libró de su ruina”. Sal. 107:20.


5. Iluminación mental.


En el campo de la mente, también, el efecto de la Palabra de Dios es único. En el Salmo 119:130, el Salmista habla de dos efectos producidos en la mente por la Palabra de Dios: iluminación.

En el mundo de hoy la educación es mucho más apreciada y universalmente ambicionada que en cualquier otro periodo de la historia del hombre. No obstante, la educación secular no es lo mismo que la iluminación o el entendimiento. Ni es un sustituto para éstos. En realidad, no hay sustituto para la luz. Ninguna otra cosa en todo el universo puede hacer lo que hace la

luz.


Así mismo es en la mente humana la Palabra de Dios: nada puede hacer lo que ella hace en la mente, ni nada puede ocupar el lugar de la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios revela al hombre las cosas que él nunca sería capaz de descubrir por su propio intelecto: la realidad de Dios, el Creador y Redentor; el verdadero propósito de la existencia; la naturaleza íntima del hombre; su origen y destino. A la luz de esta revelación, la vida toma un significado enteramente nuevo.

Con una mente iluminada así, un hombre se ve a sí mismo como una parte de un solo plan general que abarca el universo. Al encontrar su lugar en este plan divino, alcanza un sentido de dignidad propia y logro personal que satisfacen sus más profundos anhelos.

La entrada de la Palabra de Dios imparte la luz de la salvación, la seguridad del perdón de pecados, la conciencia de la paz interior y la vida eterna. Hebreos 4:12 confirma y resume lo anterior: no hay dimensión de la personalidad humana que la Palabra no penetre. Llega hasta lo más íntimo del ser, al espíritu y al alma, al corazón y a la mente, e incluso hasta la esencia más profunda de nuestro cuerpo físico, las coyunturas y los tuétanos.


6. La victoria sobre el pecado.


“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. Sal. 119:11. La palabra hebrea traducida aquí como “guardado” significa, con más exactitud, “atesorar”. David no quería decir que él había escondido la Palabr de Dios para que no se detectara su presencia. Más bien quiso decir que la había guardado en el lugar más seguro, reservado para las cosas que él valoraba más, a fin de tenerla a la mano para valerse de ella inmediatamente en cada momento de necesidad.


En el Salmo 17:4, David expresa de nuevo el poder protector de la Palabra de Dios. He aquí un consejo en lo que respecta a nuestra participación en “las obras humanas”: actividades humanas e interacción social. Algunas de estas actividades son seguras, sanas, aceptables para Dios; otras son peligrosas para el alma y contienen asechanzas ocultas del destructor. ¿Cómo distinguir entre

las que son sanas y seguras, y las que son espiritualmente peligrosas? La respuesta es: aplicando la Palabra de Dios.

Hay principios en las Escrituras que podemos aplicar a nuestra vida diaria como: I Co. 10:31; Col. 3:17. El primero, todo lo que hagamos debe ser para la gloria de Dios. El segundo, debemos hacer todo en el Nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios por medio de Él.


La Biblia enseña claramente que el cuerpo de los cristianos ha sido redimido del dominio de Satanás por la sangre de Cristo, es un templo para que more el Espíritu Santo, y por consiguiente, tiene que mantenerse limpio y santo. I Co. 3:16,17; 6:19,20; I Tes. 4:3,4. Basados en estos pasajes y otros similares, muchos cristianos se han abstenido de consumir tabaco, beber bebidas embriagantes, usar drogas, bailes, etc.


7. La victoria sobre Satanás.


La Palabra de Dios es el arma que Dios ha destinado para derrotar al mismo Satanás. Ef. 6:17. Por lo tanto, la Biblia es un arma indispensable en la guerra cristiana. Las otras partes de la armadura cristiana enumeradas son para defenderse. La única arma de ataque es la espada del Espíritu: la Palabra de Dios.

Sin un minucioso conocimiento de la Palabra y cómo aplicarla, un cristiano carece de arma de ataque, no tiene arma con qué lanzarse sobre Satanás y los poderes de las tinieblas para ponerlos en fuga.

El mejor y supremo ejemplo para el cristiano, en el uso de la Palabra como arma, es el Señor Jesús. Satanás lo tentó especialmente tres veces y Jesús enfrentó y derrotó cada una de esas tentaciones con la misma arma: la espada del Espíritu, Lc. 4:1-13, pues en cada caso Jesús comenzó su respuesta con la

frase “escrito está”, citando así las Escrituras.


En I Juan 2:14, el apóstol declara tres cosas acerca de los jóvenes: a) son fuertes, b) la Palabra permanece en ellos, c) han vencido al maligno. La razón por la cual estos jóvenes cristianos son fuertes y vencieron a Satanás, era porque tenían la Palabra de Dios, morando en ellos. Fue la Palabra de Dios dentro de ellos la que les dio su fuerza espiritual. Sin un adecuado conocimiento de la Palabra, no podemos comprender el verdadero mérito y poder de la sangre de Cristo y, por lo tanto, nuestro testimonio cristiano carece de una verdadera convicción y autoridad. Todo el

programa de Dios para su pueblo se concentra alrededor del conocimiento de su Palabra y el potencial para aplicarla.


8. Santificación.


El propósito definido y principal por el cual Cristo redimió a su Iglesia es para santificarla, es decir, que el propósito de la muerte expiatoria de Cristo por la Iglesia no se logra hasta cuando los que son redimidos por su muerte han pasado por un subsecuente proceso de santificación. Está bien claro que sólo los cristianos que han pasado por este proceso estarán en la condición

necesaria para presentarse finalmente a Cristo como su novia; y la condición que él especifica es la de una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante… santa y sin mancha.

Hay que observar el medio del que Cristo se vale para santificar a la Iglesia es el lavamiento del agua por la Palabra. Incluso antes de su muerte, Cristo había asegurado a sus discípulos del poder limpiador de la Palabra en Juan 15:3. Vemos, por lo tanto, que la Palabra de Dios es un agente divino de limpieza espiritual, comparado en esta operación, con el lavamiento del agua

pura.


La santificación es la acción y el efecto de hacer santo o sagrado al creyente. Cristo se refirió a la santificación mediante la Palabra de Dios, cuando oró al Padre por sus discípulos en Juan 17:17. El papel desempeñado por la Palabra de Dios en el proceso de santificación tiene dos aspectos: uno negativo y otro positivo. El aspecto negativo consiste en mantenerse apartado del pecado y del mundo y de todo lo que es sucio e impuro. El aspecto positivo es ser hecho copartícipe de la naturaleza santa de Dios. Como cristianos tendemos a hablar mucho más acerca de lo que no se

debe hacer que acerca de lo que se debe hacer según la Palabra de Dios, pero esta forma de presentar la Escritura es inexacta y poco satisfactoria.


La Palabra de Dios nos dice en Romanos 12:1,2 tanto el aspecto negativo como el positivo de la santificación. El no conformarse al mundo es sólo la parte negativa. No es una meta positiva en sí: sí no hemos de conformarnos al mundo, ¿a qué entonces debemos ser conformados? La respuesta de Pablo es clara en Romanos 8:29. Aquí está el fin positivo de la santificación: ser conformados a la imagen de Cristo. La verdadera santificación va mucho más allá de la actitud estéril, legalista y negativa. Es una conformación positiva a la imagen de Cristo, una participación positiva en la santidad personal de Dios. Pedro resume este aspecto positivo de la santificación y de la función que desempeña en ella la Palabra de Dios en II Pedro 1:3,4. Al apropiarnos de las promesas de Dios,

escapamos de la corrupción que está en el mundo a causa de la

concupiscencia, aspecto negativo. Nos hace participantes de la naturaleza divina, aspecto positivo.


Todo esto está a nuestra disposición a través de las promesas de la Palabra de Dios. En la medida en que nos apropiemos de las promesas de la Palabra de Dios y las apliquemos, experimentaremos la verdadera santificación bíblica.

Cada promesa de la Palabra de Dios, cuando la reclamamos nos levanta u poco más, por encima de la corrupción de la tierra y nos imparte una medida más de la naturaleza de Dios.


9. Revelación espiritual.


La Biblia es un espejo de revelación espiritual. Santiago 1:23-25 describe esta operación de la Palabra de Dios. En los versículos anteriores Santiago ya ha advertido que hay dos condiciones básicas para que la Palabra de Dios produzca sus efectos apropiados en nosotros: a) debemos recibirla con mansedumbre, es decir, con una actitud apropiada del corazón y de la mente; b) tenemos que ser hacedores de la Palabra y no tan solamente oidores, es decir, tenemos que ponerla inmediatamente en práctica en nuestra vida diaria.


Santiago compara la Palabra de Dios con un espejo. La única diferencia es que un espejo normal nos muestra solamente lo que Santiago llama nuestro rostro natural; las facciones y la apariencia externas y físicas. El espejo de la Palabra de Dios, cuando nos miramos en él, revela no nuestras facciones externas y físicas, sino nuestra naturaleza y condición espiritual interna.

Revela los rasgos que ningún espejo material ni obra humana alguna puede revelas; características que jamás podríamos conocer de ninguna otra manera. Alguien lo ha resumido de esta manera: “Recuerde que mientras esté leyendo su Biblia, su Biblia también lo está leyendo a usted”.


Para beneficiarnos del espejo de la Palabra de Dios, tenemos que actuar. Si el espejo revela una condición de suciedad espiritual, sin tardanza tenemos que buscar la limpieza que nos proporciona la sangre de Cristo. Si el espejo revela alguna infección espiritual, tenemos que consultar al gran Médico de nuestra almas, al que perdona todas nuestras iniquidades, el que sana todas nuestras

dolencias.

No obstante, el espejo de la Palabra de Dios puede revelar no sólo lo desagradable, sino también lo agradable. Además de descubrir lo que somos en nuestra propia condición caída sin Cristo, también puede reflejar en lo que podemos convertirnos por la fe en Cristo. Puede revelar no sólo los trapos inmundos de nuestra propia justicia, sino también las vestiduras sin mancha de la salvación y la resplandeciente túnica de justicia que podemos recibir por

la fe en Cristo. No sólo puede descubrir la corrupción y las imperfecciones del viejo hombre, sino también la santidad y la perfección del nuevo hombre en Cristo.

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  • Ser una Habitación para Dios (Efesios 2:19-22)

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      (Hechos 1:8, 8:4-8)

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